¿Por qué el adiós de «La Locha» nos duele a todos los tuyeros?
Hay lugares que no son solo paredes, ladrillos o una barra de madera pulida; son testigos mudos de la evolución de una ciudad. Entrar a la Tasca Taurina «La Locha» era, para cualquier tuyero, como cruzar un umbral en el tiempo. Desde aquel diciembre de 1984, el aroma a ajo, pimentón y el siseo de la paella en el fuego se convirtieron en el perfume oficial de la calle donde, con orgullo, se erigía este «templo del buen comer».
La mesa donde se escribía la historia
En «La Locha» no se iba solo a comer; se iba a ser parte de Charallave. En sus mesas, bajo la mirada de carteles taurinos y fotos de antaño, se redactaron proyectos de ley, se sellaron alianzas políticas que definieron el destino de los Valles del Tuy y se brindó por victorias deportivas que aún hoy se celebran. El médico compartía el mismo aire que el bohemio; el periodista intercambiaba opiniones con el empresario. Allí, la jerarquía social se disolvía ante un plato de callos a la madrileña.
El rito de la gratitud
Uno de los sonidos más icónicos de nuestra ciudad se ha apagado: el repique de la campana. Ese «¡Gracias!» sonoro que seguía a cada propina no era solo un gesto de cortesía; era el reconocimiento de un pueblo generoso hacia un personal que, liderado por maestros como el Señor Pedro, elevó el oficio de mesonero a la categoría de arte. Verlos caminar con la bandeja en alto, sorteando mesas con la elegancia de un pase de pecho, era un espectáculo en sí mismo.
La puerta grande y el respeto sagrado
El anuncio de su retiro, aunque doloroso, es coherente con su mística. La directiva ha decidido bajar la santamaría antes de permitir que la calidad del servicio decayera. En un mundo donde a veces se sacrifica el confort del cliente por el lucro, «La Locha» da una última lección de ética: si no podemos ofrecer lo mejor, preferimos el retiro. El tema del estacionamiento, un problema urbano que aqueja a nuestra creciente ciudad, fue el último toro que no se dejó lidiar, y la tasca, fiel a su casta, prefirió la retirada digna.
Un pasodoble que no termina
Charallave hoy se siente un poco más silenciosa. Ya no habrá «España Cañí» para celebrar un cumpleaños, ni el refugio seguro para los enamorados en busca de una tortilla española auténtica. Sin embargo, el legado de «La Locha» queda en cada profesional que formó y en cada familia que tiene una anécdota guardada entre sus paredes.
Quién no celebró un cumpleaños, un día de la madre o día del padre, el día de la secretaria sin duda «La Locha» tenía su aforo lleno, una final de la Champions o un Caracas – Magallanes no era la excepción, bajo la gota fría que resbalosa bajaba de la jarra de cerveza o el brindis de los enamorados un 14 de febrero con la mejor sangría de la ciudad. Sin temor a equivocarme, la nostalgia será parte de los que vivimos alguna emoción entre sus mesas o sentados a la barra.
Al pasar por su fachada cerrada, los tuyeros seguiremos escuchando, de manera imaginaria, ese eco de voces, risas y brindis. Porque las instituciones como esta no mueren; simplemente pasan a formar parte del inventario del patrimonio de una ciudad y de nuestros mejores recuerdos.
¡Hasta siempre, vieja amiga! Gracias por enseñarnos que en Charallave también se podía vivir con la elegancia de un torero de época.
Por: Daniel Velis









